El
Uno, lo Inmanente, la Consciencia, el Ser, desde coordenadas y voluntades
ajenas por completo a humanas inteligencias, “decide” dar forma a un universo o
universos que son paridos en una gran explosión (o Big Bang, tal y como se
diría desde estamentos científicos) Este acto significa el principio del tiempo
y de la manifestación. Racimos casi infinitos de galaxias, de planetas y de
soles son imbuidos de elementos y cualidades que, en su momento, darán el
corolario final de la vida humana.
Desde perspectivas que todavía no podemos o no estamos preparados para entender, esa forma superior de Conciencia, llámese Dios, Brahma, Quetzalcoatl, Tao, Allah (el nombre no tiene demasiada importancia, precisamente por la inevitable antropomorfización del concepto al que se alude y que sin duda nos separa, más que nos une) pues esa Conciencia, digo, en un juego eterno o lila(*) parecido al eterno oleaje en un mar que va creando y deshaciendo formas sin cesar, decide substanciarse y vehicularse a través de la materia. Si se contempla desde esta perspectiva, en realidad el nacimiento y la muerte de un individuo no tiene la misma trascendencia que la que nosotros le damos: se trata simplemente de que esa emanación de la conciencia vuelve entonces a su fuente, a su estado primario y prístino. Así que primero emana (nace), y finalmente vuelve (muere) La confusión básica estribaría, siguiendo la metáfora del océano, en creerse una ola separada, cuando tanto cualitativa como substancialmente es agua y forma parte de ese océano.
La
consciencia se ata, entonces, a los radios de la rueda implacable del
samsara(*), desde las formas más rudimentarias y densas hasta las formas más evolucionadas,
hasta que aparece en el universo alguien que, “milagrosamente”, puede ser
consciente de esa consciencia. Ya tenemos, pues, al observador, entidad que
puede constatar una cualidad muy específica: la de ser: Soy, en tanto que,
silenciada mi mente, me observo a mí mismo y al espacio que ocupo en el mundo,
notando mi peculiar vinculación junto a todo lo que me rodea. Vida siendo
consciente de la Vida.
Para
vehicular esta constatación, la consciencia se sirve de mis sentidos. Ahora
bien, en el momento en que tanto mis funciones y mecanismos corporales como
mentales los apercibo y considero como mi identidad última, acabada,
establecida, entonces aparece, invariablemente, la brecha dual, junto a la
sensación, percepción o intelección de la separatividad: soy un cuerpo, una
mente, un yo “autónomo”. Para apostillar o reforzar todo esto, cada
individuo dispone de una historia personal, con un nacimiento, unos avatares
vitales, junto con la correspondiente certeza de saberse alguien que
tiene un principio y que invariablemente tendrá un final en el tiempo. Esa es
en resumen nuestra historia, así nos la han contado y así a su vez la contamos
nosotros, fomentando una realidad donde, en resumidas cuentas, se da por
sentado todo eso desde nuestro apego casi absoluto al mundo fenoménico.
Pero, ¿y si ello no fuera otra cosa que una ficción?
Bien,
pues imaginemos o visualicemos al hilo de lo anterior otra connotación
diferente, intuida hace mucho tiempo en el seno del hinduismo. En efecto, el
advaita (no-dos) término que aparece en los Upanishads (textos sagrados
de la India recopilados a partir del siglo VII a.C.) constata un modo
revolucionario de entender la experiencia vital al que incluso disciplinas tan
poco "espirituales" como la moderna mecánica cuántica le vienen
a dar la razón.
Desde perspectivas que todavía no podemos o no estamos preparados para entender, esa forma superior de Conciencia, llámese Dios, Brahma, Quetzalcoatl, Tao, Allah (el nombre no tiene demasiada importancia, precisamente por la inevitable antropomorfización del concepto al que se alude y que sin duda nos separa, más que nos une) pues esa Conciencia, digo, en un juego eterno o lila(*) parecido al eterno oleaje en un mar que va creando y deshaciendo formas sin cesar, decide substanciarse y vehicularse a través de la materia. Si se contempla desde esta perspectiva, en realidad el nacimiento y la muerte de un individuo no tiene la misma trascendencia que la que nosotros le damos: se trata simplemente de que esa emanación de la conciencia vuelve entonces a su fuente, a su estado primario y prístino. Así que primero emana (nace), y finalmente vuelve (muere) La confusión básica estribaría, siguiendo la metáfora del océano, en creerse una ola separada, cuando tanto cualitativa como substancialmente es agua y forma parte de ese océano.
Los
testimonios que nos llegan de personas que han experimentado el nirvana (*) dan
fe, sobretodo, del error de apreciación básico en el que todos concurrimos
al confundir el mecanismo del pensar con nuestra identidad básica. En ese estado,
en efecto, los límites se difuminan, los pensamientos y el contenido mental y
emocional se acallan hasta dejar limpia la esencia de lo que somos: conciencia
pura sintiéndose a sí misma. Desaparecen, entonces, las fronteras que la mente
delimita con alambres de espino, ya no hay ninguna necesidad de ellas.
Ese
peculiar estado viene a sellar el final del pensamiento dual: La no dualidad (advaita) implicaría,
entonces, reconocer el océano en la gota, y la gota en el océano, es decir, la
consciencia en nosotros, y nosotros como parte de la gran Consciencia, de tal
modo que la dicotomía sujeto - objeto se hiciera trizas. No
obstante, a ese lugar nunca podrá llegarse a lomos de la mente
ordinaria, sino a través de la consciencia. Cualquier idea de la no-dualidad
experimentada desde una óptica puramente mental no pasará de ser otra idea: a
la no-dualidad, en todo caso, se llegará sin ideas o no se llegará ...
(*) samsara: En el budismo e hinduísmo, hace referencia a los ciclos incesantes, o ruedas de nacimientos, muertes y reencarnaciones; también puede ser entendido el término como ignorancia.
(*)
lila: termino hindú que significa pasatiempo, juego, diversión.
(*)
nirvana: extinción. En el budismo, la palabra hace referencia al fin de
la mente mediatizada por el ego, al fin del sufrimiento y a una nueva
consciencia "no-dual".
