miércoles, 25 de mayo de 2016

Impermanencia y muerte


Eran tardes redondas, sin principio ni fin. Me acuerdo de estar tumbado entre un blando mar de hierbas, y las nubes que veía correr ahí arriba a su absoluto albedrío se llevaban todas esas preguntas que mi alma de niño era entonces todavía incapaz de formular. Sentía el instante sucederse lenta, lentamente, como algo que permanecería para siempre, porque en esos momentos nada más tenía cabida. ¿El tiempo? ¿Qué tiempo, si había toda una eternidad abriéndose camino como las nubes hacia sus montañas, una eternidad que se deshacía entre pensamientos libres como el viento, y el olor de ese verano en toda su eclosión, enunciando mil y una promesas y posibilidades distintas y llenando de rica voluptuosidad todos mis sentidos. La madurez, el proceso de envejecer, la decrepitud, la enfermedad, no me pertenecían, era todo ello tan y tan lejano...
Y así, viviendo de las sensaciones, pensamientos y sentimientos del momento, nos creemos eternos, creemos que el yo que hemos forjado es algo sólido y estable, como ese mismo niño –yo mismo- fascinado por el espectáculo de las nubes, sin conciencia alguna de lo impermanente que es todo lo que nos rodea, y negando o ignorando, consciente o inconscientemente, el proceso que un día tendremos forzosamente que pasar de la muerte.
Se dice que no se llega a entender realmente qué es el budismo hasta que la impermanencia no la vives “en carne y hueso”, es decir, no desde un intelecto clarificador y analítico, sino cuando en cada contacto con los seres y formas que están a nuestro alrededor  percibimos lo efímero de su esencia: el invierno, con sus árboles sin hojas ni flores como preludio a una primavera verde; el joven y el niño como proyecto de un ser que en su día llegará a viejo y morirá; los pensamientos de congoja y de tristeza, o de la índole que estos sean, que acabarán desapareciendo barridos por otros pensamientos. Y sí con todo. La compasión con que los budistas contemplan estos fenómenos no es otra, pues, que la vivencia directa de esa impermanencia en cada forma que está predestinada a su fin, empezando por la propia.
Qué vano es agarrarse entonces a ese algo que un día emanó de la Eternidad y que un día volverá a ella, cuánta avidez, energía, ilusiones ponemos en la forja de una estructura que, sencillamente, se desvanecerá para siempre como un castillo de arena ¿Por qué no gastar entonces una parte de nuestra voluntad en la tarea del autoconocimiento para intentar comprender ese proceso por el que invariablemente acabaremos pasando, en lugar de vivir idiotizados por el mundo fenoménico?
Se dice, también, que el inicio en la senda de las grandes tradiciones espirituales, arranca invariablemente de la comprensión del proceso de la muerte, de la muerte física, pero también de ese tipo de proceso psicológico coadyuvante para que podamos desembarazarnos de todo aquello irreal en nosotros, o sea, nuestros apegos, identificaciones, autoimágenes, etc. etc. Y, claro, la muerte (tanto la física como la psicológica) es la gran segadora, la que se llevará luego de trillar todo lo accesorio, precisamente todo aquello que en esencia no seamos. No podría ser de otro modo, el auténtico buscador, tarde o temprano, se verá impactado y envuelto en esa realidad desnuda sin trampa ni cartón.
En definitiva, aquí creo que la cuestión es vivir siendo conscientes de nuestra impermanencia, ya que justo ahí está la Verdad. No tienen demasiado sentido todas las maniobras de distracción que los egos itinerantes hagan para sacarnos de ella; es más, para la persona que empieza a estar comprometida con el Camino, asumir nuestra finitud física y el proceso que la acompañará es el necesario primer paso.

martes, 17 de mayo de 2016

Creencia, dogma y zen



El zen llama poderosamente la atención por su senzillez, por su pureza, por su naturalidad, por el respeto íntegro e incondicional a lo que es (sea esto lo que sea) en cada momento. No hay ningún sitio a donde ir, ningún modelo, ninguna ortodoxia, sólo hay el cuerpo del practicante asentado como una montaña inamovible y su flujo constante de inhalación y exhalación que sirve de acicate para que el alma pueda observarse a sí misma. Es como estar en un teatro en donde el actor, la representación y el público son, en realidad, uno mismo, así de senzillo.
Como una “mezcla” preciosa entre la confluencia del budismo y del taoísmo, el zen se imbuye de todo ese perfume de respeto absoluto hacia la naturaleza, en donde  la creencia, la ontología, la ortodoxia quedan relegados: lo que interesa aquí es el hecho vivencial, la experimentación práctica, nada más. Por eso mismo, en un famoso koan (*) el maestro le dice al discípulo: “Si en el camino encuentras al Buda, mátalo”.
Ahora bien, cuando se contempla en retrospectiva el cristianismo católico, por ejemplo, con toda una maraña intrincada de ideas (la gran mayoría absolutamente desnaturalizadas, desvinculadas del sentido profundo desde el cual nacieron) uno no deja de constatar entonces que esas dos formas de comprender el hecho espiritual y religioso está en las antípodas el uno del otro.
Si arriba se subrayaba el vaciamiento total de ideas y conceptos, de dogmas y creencias, como punto de partida (y acaso de llegada) con el objetivo último de vivenciar la Divinidad, el cristianismo católico reafirma su sello identitario en la implantación de todo ello. Nuestra verdad es la Verdad, nosotros tenemos la palabra en exclusiva de salvación así como al Dios verdadero, he ahí nuestras tesis debidamente catalogadas, tomadlas, aceptadlas, creed en ellas. Es decir, que en lugar de dedicarse a difundir el Evangelio y a vivir en consonancia con el maestro de maestros  (Jesús) lo único que ha sabido hacer la Iglesia católica es difundir su propio catecismo para intentar imponer su religión al pueblo, lo que gradualmente ha propiciado que éste se aleje por lo hueco de su mensaje y por un proselitismo que no convence a nadie.
En el primer caso, pues, se trata de vaciar; en el segundo, de llenar. El vaciado tiene mucho sentido: ¿cómo hacer, si no, para poder manifestar la diafanidad de la consciencia,  más que acallando el ruido que hace la mente? Pero, en cambio, lo otro conduce a la fragmentación, porque en ese caso la creencia va a alejarte justo en el momento exacto en que dibujas o perfilas tu trascendencia espiritual en algo externo. Ya lo enunció claramente Jesús: "El Reino de Dios está en vosotros" 
Creo sinceramente que el dogma, la creencia ciega y jamás puesta en duda, aleja más que muestra al verdadero Ser, y en eso coincido completamente con la esencia del zen. Quizás de lo que aquí se trata es de tender un puente que unifique los dos extremos; es decir, es claro que para que pueda emerger la Divinidad hay que matar de hambre al ego, y he ahí el sentido último a ese “vaciado”, pero también es claro que en el proceso, en el camino para llegar a conseguir esa preciada muerte psicológica, no estaría de más disponer de un buen mapa que nos oriente en el territorio que tenemos a recorrer. El mapa, en efecto, no es el territorio, y ciertas creencias pueden llevarnos por caminos inadecuados, pero en todo caso es muy humano y muy razonable disponer de un mapa explícito que nos informe de lo que cabe esperar en el camino. Y ahí me refiero no a mapas chapuceros, fantásticos y tendenciosos que no se corresponden con ninguna coordenada real, sino a esas verdaderas obras sagradas que nos legaron los grandes seres que tuvieron el valor de llegar hasta el final del camino para luego enseñárnoslo.

(*) Koan: acertijo o problema que plantea el maestro al discípulo y que no puede ser resuelto desde la óptica o perspectiva mental.

jueves, 12 de mayo de 2016

Jesús desde la no-dualidad


Vaya por delante que las enseñanzas recogidas de todas las grandes corrientes religiosas, “como perlas engarzadas en el hilo de oro de la Divinidad”(*), son patrimonio espiritual de la Humanidad, nos pertenecen a todos, todos pertenecemos a cada una de ellas a pesar de nuestras diferencias culturales y de la cronología en la cual se circunscriben, porque en definitiva todas vienen a promulgar idénticos valores, directrices y finalidades para guiar el despertar de nuestra consciencia.

“Cuando hagáis de los dos uno, y hagáis el interior como el exterior y el exterior como el interior y lo de arriba como lo de abajo, y cuando establezcáis el varón con la hembra como una sola unidad de tal modo que el hombre no sea masculino ni la mujer femenina… entonces entraréis en el Reino”

Son palabras de Jesús sacadas del evangelio gnóstico de Tomás.

Y también, en ese mismo evangelio, encontramos:

“Parte un madero y allí estoy yo; levanta una piedra, y me encontrarás allí”

Y, en uno de los evangelios canónicos (el de Juan) leemos: “Yo y el Padre somos uno

Es decir, que tanto en el Evangelio de Tomás como en el de Juan podemos apreciar un claro vislumbre de “no dualidad” al más puro estilo del Advaita (*) “Yo y el Padre somos uno”, o sea, que en realidad no hay ninguna separación entre Yo, en tanto chispa emanada de la Divinidad, y el Padre, la Divinidad que es la fuente primera y última de todos los seres. Esta frase derriba sonoramente toda idea de yo-tú, dentro-afuera, aquí-allí, abriendo la puerta a una nueva sinergia en donde esos conceptos acaban fusionándose y fulminando, de paso, la idea de polaridad o dualidad.

En las palabras de Tomás resuenan con fuerza, además, los ecos del hermetismo (“lo exterior como lo interior, lo de arriba como lo de abajo”) viniendo a apostillar un claro mensaje esencial de unidad. “Levanta una piedra y allí me encontrarás”, porque toda, absolutamente toda la obra de la Creación es una emanación de la voluntad de Dios. Porque, en efecto, la idea de separación pertenece solamente a la ficción mental que nosotros edificamos; más allá de esa ficción, todo tiene en su peculiar nivel de densidad o vibración una resonancia específica en la Eternidad, en el Padre (o Abba, tal y como Jesús lo llamaba)

Las fuerzas telúricas seguirán acuñando el incesante movimiento de los mares, de los seres que un día emanarán del Principio Creador para luego volver a él, y las edades se sucederán vertiginosamente mientras los engranajes de planetas y soles seguirán rutas que se perderán en la noche de los tiempos, pero hay cosas que permanecerán. Me vienen a la mente las palabras del maestro recogidas en el Evangelio de Mateo:

 “Cielo y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán”  

Es claro que no pasarán, porque como se decía al principio, todas esas perlas preciosas, vengan de donde vengan, seguirán inspirando y guiando poderosamente nuestra esencia espiritual.

(*) Frase de Samael Aun Weor

(*) Expresión aparecida por primera vez en los Upanishads y que significa "no-dos". El advaita es una escuela o rama del Hinduismo que aboga por la no separación entre sujeto-objeto, entre el yo y el resto del Universo.






sábado, 7 de mayo de 2016

Consciencia y ego



“No hay ningún lugar a dónde ir, no hay ningún objetivo, no hay meta”, es lo que enseña el zen desde sus postulados simples pero profundos. Entonces, si realmente no hay meta ni objetivo, ¿tiene algún sentido todo ese despliegue de proyecciones, de anhelos, de pulsiones enfebrecidas que materializamos en el escenario de la vida, día tras día? ¿esforzarse en última instancia para qué? Aunque, parémonos un momentito: ¿quién se hace en realidad esa pregunta? ¿no será acaso nuestro pobre ego, que se apercibe de su impermanencia y que en una carrera alocada hacia la nada quiere perpetuarse de algún modo, viviendo entonces su propia ficción apuntalada por todo tipo de agregados psicológicos? ¿Por qué renegamos de nuestra naturaleza más genuina yéndonos hacia futuros proyectados en donde imaginamos todo tipo de desenlaces?

Ese irse en el tiempo con el pensamiento conlleva alejarse del costillamen casi siempre velado de la consciencia. Y es, precisamente, el objetivo último del zen (en realidad, de cualquier disciplina espiritual seria) el que esa consciencia pueda manifestarse en toda su profundidad. Y ésta se manifiesta a través del recuerdo de sí, es decir, de ese estado de presencia en donde nos recordamos a nosotros mismos en nuestra naturaleza esencial, en la plena y absoluta aceptación del momento que es, sin ninguna proyección, sin pensamientos distorsionantes. Ahí está, en efecto, el cielo del Reino de Dios al que aludía constantemente el maestro de Nazareth, ese lugar diáfano y puro preñado de paz y de silencio.

Por tanto, todo está bien en el instante presente, en el momento en que yo me percibo a mi mismo simplemente como una consciencia numinosa, omniabarcante, diáfana, en la que puede caber cualquier contenido porque precisamente en ella se contienen todas las posibilidades. Ese vacío contenedor (el Tao) es en realidad la chispa de la Divinidad encarnada en mí, y no todo aquello que fabrica mis múltiples egos en una carrera constante no se sabe hacia dónde. De hecho, al identificarnos diariamente con el ego de turno no hacemos otra cosa que darle substancia y forma a algo que, en realidad, no lo tiene en absoluto.

Es algo muy simple y que se reduce, al fin y al cabo, a esto: si hay consciencia  no hay ego y, a la inversa, si hay ego entonces no hay consciencia. Los grandes avatares de la Humanidad, como Jesús y Buda, nos han enseñado que a lo máximo que puede aspirar un ser humano es precisamente a ese despertar de la consciencia; si no, estamos “predestinados” a dejarnos llevar por el gancho fenoménico del samsara, vida tras vida, en un perpetuo autoengaño, en una perpetua oclusión de la realidad producida por la ignorancia.