Eran tardes redondas, sin
principio ni fin. Me acuerdo de estar tumbado entre un blando mar de hierbas, y
las nubes que veía correr ahí arriba a su absoluto albedrío se llevaban todas
esas preguntas que mi alma de niño era entonces todavía incapaz de formular. Sentía
el instante sucederse lenta, lentamente, como algo que permanecería para
siempre, porque en esos momentos nada más tenía cabida. ¿El tiempo? ¿Qué tiempo,
si había toda una eternidad abriéndose camino como las nubes hacia sus
montañas, una eternidad que se deshacía entre pensamientos libres como el
viento, y el olor de ese verano en toda su eclosión, enunciando mil y una
promesas y posibilidades distintas y llenando de rica voluptuosidad todos mis
sentidos. La madurez, el proceso de envejecer, la decrepitud, la enfermedad, no
me pertenecían, era todo ello tan y tan lejano...
Y así, viviendo de las
sensaciones, pensamientos y sentimientos del momento, nos creemos eternos,
creemos que el yo que hemos forjado es algo sólido y estable, como ese mismo
niño –yo mismo- fascinado por el espectáculo de las nubes, sin conciencia
alguna de lo impermanente que es todo lo que nos rodea, y negando o ignorando, consciente
o inconscientemente, el proceso que un día tendremos forzosamente que pasar de la muerte.
Se dice que no se llega a
entender realmente qué es el budismo hasta que la impermanencia no la vives “en
carne y hueso”, es decir, no desde un intelecto clarificador y analítico, sino
cuando en cada contacto con los seres y formas que están a nuestro alrededor percibimos lo efímero de su esencia: el
invierno, con sus árboles sin hojas ni flores como preludio a una primavera
verde; el joven y el niño como proyecto de un ser que en su día llegará a viejo
y morirá; los pensamientos de congoja y de tristeza, o de la índole que estos
sean, que acabarán desapareciendo barridos por otros pensamientos. Y sí con
todo. La compasión con que los budistas contemplan estos fenómenos no es otra,
pues, que la vivencia directa de esa impermanencia en cada forma que está
predestinada a su fin, empezando por la propia.
Qué vano es agarrarse
entonces a ese algo que un día emanó de la Eternidad y que un día
volverá a ella, cuánta avidez, energía, ilusiones ponemos en la forja de una
estructura que, sencillamente, se desvanecerá para siempre como un castillo de
arena ¿Por qué no gastar entonces una parte de nuestra voluntad en la tarea del
autoconocimiento para intentar comprender ese proceso por el que
invariablemente acabaremos pasando, en lugar de vivir idiotizados por el mundo
fenoménico?
Se dice, también, que el
inicio en la senda de las grandes tradiciones espirituales, arranca
invariablemente de la comprensión del proceso de la muerte, de la muerte física,
pero también de ese tipo de proceso psicológico coadyuvante para que podamos
desembarazarnos de todo aquello irreal en nosotros, o sea, nuestros apegos,
identificaciones, autoimágenes, etc. etc. Y, claro, la muerte (tanto la física como la psicológica) es la gran
segadora, la que se llevará luego de trillar todo lo accesorio, precisamente todo
aquello que en esencia no seamos. No podría ser de otro modo, el auténtico
buscador, tarde o temprano, se verá impactado y envuelto en esa realidad
desnuda sin trampa ni cartón.
En definitiva, aquí creo que
la cuestión es vivir siendo conscientes de nuestra impermanencia, ya que justo
ahí está la Verdad. No tienen demasiado sentido todas las maniobras de
distracción que los egos itinerantes hagan para sacarnos de ella; es más,
para la persona que empieza a estar comprometida con el Camino, asumir nuestra
finitud física y el proceso que la acompañará es el necesario primer paso.



