martes, 17 de mayo de 2016

Creencia, dogma y zen



El zen llama poderosamente la atención por su senzillez, por su pureza, por su naturalidad, por el respeto íntegro e incondicional a lo que es (sea esto lo que sea) en cada momento. No hay ningún sitio a donde ir, ningún modelo, ninguna ortodoxia, sólo hay el cuerpo del practicante asentado como una montaña inamovible y su flujo constante de inhalación y exhalación que sirve de acicate para que el alma pueda observarse a sí misma. Es como estar en un teatro en donde el actor, la representación y el público son, en realidad, uno mismo, así de senzillo.
Como una “mezcla” preciosa entre la confluencia del budismo y del taoísmo, el zen se imbuye de todo ese perfume de respeto absoluto hacia la naturaleza, en donde  la creencia, la ontología, la ortodoxia quedan relegados: lo que interesa aquí es el hecho vivencial, la experimentación práctica, nada más. Por eso mismo, en un famoso koan (*) el maestro le dice al discípulo: “Si en el camino encuentras al Buda, mátalo”.
Ahora bien, cuando se contempla en retrospectiva el cristianismo católico, por ejemplo, con toda una maraña intrincada de ideas (la gran mayoría absolutamente desnaturalizadas, desvinculadas del sentido profundo desde el cual nacieron) uno no deja de constatar entonces que esas dos formas de comprender el hecho espiritual y religioso está en las antípodas el uno del otro.
Si arriba se subrayaba el vaciamiento total de ideas y conceptos, de dogmas y creencias, como punto de partida (y acaso de llegada) con el objetivo último de vivenciar la Divinidad, el cristianismo católico reafirma su sello identitario en la implantación de todo ello. Nuestra verdad es la Verdad, nosotros tenemos la palabra en exclusiva de salvación así como al Dios verdadero, he ahí nuestras tesis debidamente catalogadas, tomadlas, aceptadlas, creed en ellas. Es decir, que en lugar de dedicarse a difundir el Evangelio y a vivir en consonancia con el maestro de maestros  (Jesús) lo único que ha sabido hacer la Iglesia católica es difundir su propio catecismo para intentar imponer su religión al pueblo, lo que gradualmente ha propiciado que éste se aleje por lo hueco de su mensaje y por un proselitismo que no convence a nadie.
En el primer caso, pues, se trata de vaciar; en el segundo, de llenar. El vaciado tiene mucho sentido: ¿cómo hacer, si no, para poder manifestar la diafanidad de la consciencia,  más que acallando el ruido que hace la mente? Pero, en cambio, lo otro conduce a la fragmentación, porque en ese caso la creencia va a alejarte justo en el momento exacto en que dibujas o perfilas tu trascendencia espiritual en algo externo. Ya lo enunció claramente Jesús: "El Reino de Dios está en vosotros" 
Creo sinceramente que el dogma, la creencia ciega y jamás puesta en duda, aleja más que muestra al verdadero Ser, y en eso coincido completamente con la esencia del zen. Quizás de lo que aquí se trata es de tender un puente que unifique los dos extremos; es decir, es claro que para que pueda emerger la Divinidad hay que matar de hambre al ego, y he ahí el sentido último a ese “vaciado”, pero también es claro que en el proceso, en el camino para llegar a conseguir esa preciada muerte psicológica, no estaría de más disponer de un buen mapa que nos oriente en el territorio que tenemos a recorrer. El mapa, en efecto, no es el territorio, y ciertas creencias pueden llevarnos por caminos inadecuados, pero en todo caso es muy humano y muy razonable disponer de un mapa explícito que nos informe de lo que cabe esperar en el camino. Y ahí me refiero no a mapas chapuceros, fantásticos y tendenciosos que no se corresponden con ninguna coordenada real, sino a esas verdaderas obras sagradas que nos legaron los grandes seres que tuvieron el valor de llegar hasta el final del camino para luego enseñárnoslo.

(*) Koan: acertijo o problema que plantea el maestro al discípulo y que no puede ser resuelto desde la óptica o perspectiva mental.

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