El zen llama poderosamente la atención por su senzillez, por su
pureza, por su naturalidad, por el respeto íntegro e incondicional a lo que es
(sea esto lo que sea) en cada momento. No hay ningún sitio a donde ir, ningún
modelo, ninguna ortodoxia, sólo hay el cuerpo del practicante asentado como una
montaña inamovible y su flujo constante de inhalación y exhalación que sirve de
acicate para que el alma pueda observarse a sí misma. Es como estar en un
teatro en donde el actor, la representación y el público son, en realidad, uno
mismo, así de senzillo.
Como una “mezcla” preciosa
entre la confluencia del budismo y del taoísmo, el zen se imbuye de todo ese
perfume de respeto absoluto hacia la naturaleza, en donde la creencia, la ontología, la ortodoxia quedan relegados: lo que interesa aquí es
el hecho vivencial, la experimentación práctica, nada más. Por
eso mismo, en un famoso koan (*) el maestro le dice al discípulo: “Si en el
camino encuentras al Buda, mátalo”.
Ahora bien, cuando se
contempla en retrospectiva el cristianismo católico, por ejemplo, con toda una
maraña intrincada de ideas (la gran mayoría absolutamente desnaturalizadas,
desvinculadas del sentido profundo desde el cual nacieron) uno no deja de
constatar entonces que esas dos formas de comprender el hecho espiritual y
religioso está en las antípodas el uno del otro.
Si arriba se subrayaba el
vaciamiento total de ideas y conceptos, de dogmas y creencias, como punto de
partida (y acaso de llegada) con el objetivo último de vivenciar la Divinidad,
el cristianismo católico reafirma su sello identitario en la implantación de todo
ello. Nuestra verdad es la Verdad, nosotros tenemos la palabra en exclusiva de
salvación así como al Dios verdadero, he ahí nuestras tesis debidamente
catalogadas, tomadlas, aceptadlas, creed en ellas. Es decir, que en lugar de dedicarse a difundir el Evangelio y a
vivir en consonancia con el maestro de maestros (Jesús) lo único que
ha sabido hacer la Iglesia católica es difundir su propio catecismo para intentar imponer su religión al pueblo, lo que gradualmente ha propiciado que éste se aleje por lo hueco de su mensaje y por un proselitismo que no convence a nadie.
En el primer caso, pues, se
trata de vaciar; en el segundo, de llenar. El vaciado tiene mucho sentido:
¿cómo hacer, si no, para poder manifestar la diafanidad de la consciencia, más que acallando el ruido que hace la mente?
Pero, en cambio, lo otro conduce a la fragmentación, porque en ese caso la
creencia va a alejarte justo en el momento exacto en que dibujas o perfilas tu
trascendencia espiritual en algo externo. Ya lo enunció claramente Jesús: "El Reino de Dios está en vosotros"
Creo sinceramente que el
dogma, la creencia ciega y jamás puesta en duda, aleja más que muestra al verdadero Ser, y en eso coincido
completamente con la esencia del zen. Quizás de lo que aquí se trata es de
tender un puente que unifique los dos extremos; es decir, es claro que para que
pueda emerger la Divinidad hay que matar de hambre al ego, y he ahí el sentido
último a ese “vaciado”, pero también es claro que en el proceso, en el camino
para llegar a conseguir esa preciada muerte psicológica, no estaría de más
disponer de un buen mapa que nos oriente en el territorio que tenemos a recorrer. El mapa,
en efecto, no es el territorio, y ciertas creencias pueden llevarnos por
caminos inadecuados, pero en todo caso es muy humano y muy razonable disponer
de un mapa explícito que nos informe de lo que cabe esperar en el camino. Y ahí
me refiero no a mapas chapuceros, fantásticos y tendenciosos que no se
corresponden con ninguna coordenada real, sino a esas verdaderas obras sagradas
que nos legaron los grandes seres que tuvieron el valor de llegar hasta el final
del camino para luego enseñárnoslo.
(*) Koan: acertijo o problema que plantea el maestro al discípulo y que no puede ser resuelto desde la óptica o perspectiva mental.

No hay comentarios:
Publicar un comentario