“No
hay ningún lugar a dónde ir, no hay ningún objetivo, no hay meta”, es lo que
enseña el zen desde sus postulados simples pero profundos. Entonces, si
realmente no hay meta ni objetivo, ¿tiene algún sentido todo ese despliegue de
proyecciones, de anhelos, de pulsiones enfebrecidas que materializamos en el
escenario de la vida, día tras día? ¿esforzarse en última instancia para qué?
Aunque, parémonos un momentito: ¿quién se hace en realidad esa pregunta? ¿no
será acaso nuestro pobre ego, que se apercibe de su impermanencia y que en una
carrera alocada hacia la nada quiere perpetuarse de algún modo, viviendo
entonces su propia ficción apuntalada por todo tipo de agregados psicológicos?
¿Por qué renegamos de nuestra naturaleza más genuina yéndonos hacia futuros
proyectados en donde imaginamos todo tipo de desenlaces?
Ese irse en el tiempo con el pensamiento conlleva alejarse del costillamen casi siempre velado de la consciencia. Y es, precisamente, el objetivo último del zen (en realidad, de cualquier disciplina espiritual seria) el que esa consciencia pueda manifestarse en toda su profundidad. Y ésta se manifiesta a través del recuerdo de sí, es decir, de ese estado de presencia en donde nos recordamos a nosotros mismos en nuestra naturaleza esencial, en la plena y absoluta aceptación del momento que es, sin ninguna proyección, sin pensamientos distorsionantes. Ahí está, en efecto, el cielo del Reino de Dios al que aludía constantemente el maestro de Nazareth, ese lugar diáfano y puro preñado de paz y de silencio.
Ese irse en el tiempo con el pensamiento conlleva alejarse del costillamen casi siempre velado de la consciencia. Y es, precisamente, el objetivo último del zen (en realidad, de cualquier disciplina espiritual seria) el que esa consciencia pueda manifestarse en toda su profundidad. Y ésta se manifiesta a través del recuerdo de sí, es decir, de ese estado de presencia en donde nos recordamos a nosotros mismos en nuestra naturaleza esencial, en la plena y absoluta aceptación del momento que es, sin ninguna proyección, sin pensamientos distorsionantes. Ahí está, en efecto, el cielo del Reino de Dios al que aludía constantemente el maestro de Nazareth, ese lugar diáfano y puro preñado de paz y de silencio.
Por
tanto, todo está bien en el instante presente, en el momento en que yo me
percibo a mi mismo simplemente como una consciencia numinosa, omniabarcante,
diáfana, en la que puede caber cualquier contenido porque precisamente en ella
se contienen todas las posibilidades. Ese vacío contenedor (el Tao) es en
realidad la chispa de la Divinidad encarnada en mí, y no todo aquello que
fabrica mis múltiples egos en una carrera constante no se sabe hacia dónde. De
hecho, al identificarnos diariamente con el ego de turno no hacemos otra cosa
que darle substancia y forma a algo que, en realidad, no lo tiene en absoluto.
Es
algo muy simple y que se reduce, al fin y al cabo, a esto: si hay
consciencia no hay ego y, a la inversa, si hay ego
entonces no hay consciencia. Los grandes avatares de la Humanidad, como
Jesús y Buda, nos han enseñado que a lo máximo que puede aspirar un ser humano
es precisamente a ese despertar de la consciencia; si no, estamos
“predestinados” a dejarnos llevar por el gancho fenoménico del samsara, vida
tras vida, en un perpetuo autoengaño, en una perpetua oclusión de la realidad
producida por la ignorancia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario