Vaya por delante que las enseñanzas
recogidas de todas las grandes corrientes religiosas, “como perlas
engarzadas en el hilo de oro de la Divinidad”(*), son patrimonio espiritual
de la Humanidad, nos pertenecen a todos, todos pertenecemos a cada una de ellas
a pesar de nuestras diferencias culturales y de la cronología en la cual se
circunscriben, porque en definitiva todas vienen a promulgar idénticos valores,
directrices y finalidades para guiar el despertar de nuestra consciencia.
“Cuando
hagáis de los dos uno, y hagáis el interior como el exterior y el exterior como
el interior y lo de arriba como lo de abajo, y cuando establezcáis el varón con
la hembra como una sola unidad de tal modo que el hombre no sea masculino ni la
mujer femenina… entonces entraréis en el Reino”
Son palabras de Jesús sacadas del
evangelio gnóstico de Tomás.
Y también, en ese mismo evangelio,
encontramos:
“Parte
un madero y allí estoy yo; levanta una piedra, y me encontrarás allí”
Y, en uno de los evangelios canónicos
(el de Juan) leemos: “Yo y el Padre somos uno”
Es decir, que tanto en el Evangelio de
Tomás como en el de Juan podemos apreciar un claro vislumbre de “no dualidad”
al más puro estilo del Advaita (*) “Yo y
el Padre somos uno”, o sea, que en realidad no hay ninguna separación entre Yo,
en tanto chispa emanada de la Divinidad, y el Padre, la Divinidad que es la
fuente primera y última de todos los seres. Esta frase derriba sonoramente toda
idea de yo-tú, dentro-afuera, aquí-allí, abriendo la puerta a una nueva
sinergia en donde esos conceptos acaban fusionándose y fulminando, de paso, la
idea de polaridad o dualidad.
En las palabras de Tomás resuenan con
fuerza, además, los ecos del hermetismo (“lo exterior como lo interior, lo de
arriba como lo de abajo”) viniendo a apostillar un claro mensaje esencial de
unidad. “Levanta una piedra y allí me encontrarás”, porque toda, absolutamente
toda la obra de la Creación es una emanación de la voluntad de Dios. Porque, en
efecto, la idea de separación pertenece solamente a la ficción mental que
nosotros edificamos; más allá de esa ficción, todo tiene en su peculiar nivel
de densidad o vibración una resonancia específica en la Eternidad, en el Padre
(o Abba, tal y como Jesús lo llamaba)
Las fuerzas telúricas seguirán
acuñando el incesante movimiento de los mares, de los seres que un día emanarán
del Principio Creador para luego volver a él, y las edades se sucederán
vertiginosamente mientras los engranajes de planetas y soles seguirán rutas que
se perderán en la noche de los tiempos, pero hay cosas que permanecerán. Me
vienen a la mente las palabras del maestro recogidas en el Evangelio de Mateo:
“Cielo y tierra pasarán, más mis
palabras no pasarán”
Es claro que no pasarán, porque como
se decía al principio, todas esas perlas preciosas, vengan de donde vengan,
seguirán inspirando y guiando poderosamente nuestra esencia espiritual.
(*) Frase de Samael Aun Weor
(*) Expresión aparecida por primera vez en los
Upanishads y que significa "no-dos". El advaita es una escuela o rama
del Hinduismo que aboga por la no separación entre sujeto-objeto, entre el yo y
el resto del Universo.

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