Bienaventurados los pobres de espíritu
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque
ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre
y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por
la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por
causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
(Mateo)
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Estas son las ocho Bienaventuranzas más famosas
atribuidas a Jesús dirigiéndose a la muchedumbre congregada en el Monte Sinaí.
Aunque en general el mensaje y simbolismo cristiano se haya pervertido o
adulterado por lo que hace a su esencia pura, cabe no obstante otro tipo de
interpretación (esotérica, si se quiere) a fin y a efecto de reubicar esas
palabras en un marco que siempre se actualice a sí mismo y que nos sirva para
atisbar esa Verdad que siempre pregonaba el maestro de maestros (Jesús)
Porque cabe distinguir, a mi juicio, dos tipos de
interpretaciones posibles: la primera, desde el ego (o si se prefiere, desde un
dualismo yo-afuera) no tiene una significación que vaya más allá de unas vagas
promesas en el futuro (los que lloran serán consolados, los que tienen hambre y
sed de justicia serán saciados) Ese tipo de interpretación, parcial y sesgada,
no muestra ni podrá mostrar todo el potencial intrínseco de las
Bienaventuranzas, porque en definitiva el ego siempre va a mostrar carencia,
falta de plenitud, espejismo, humo.
Ahora bien, si estas las enfocamos desde un punto
de vista esotérico, entonces ahí cambia la perspectiva 180 grados, porque las
Bienaventuranzas estarían apelando, ni más ni menos, que a los procesos de
muerte psicológica, que es el corolario indispensable para que la conciencia
pueda emerger en toda su rotundidad.
“Más fácil es pasar un camello por el ojo de una
aguja, que entrar un rico en el Reino de Dios”, estas palabras de Mateo aluden
directamente a la primera de las Bienaventuranzas, quizás la más importante y la que resume todo el conjunto ("Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos") Es decir, que para entrar en
el Reino (para despertar conciencia) hay que ser pobre de espíritu,
no hay que estar apegado a bienes de ninguna clase, ni identificado con lo
externo, ni con aquello efímero, ni con las posesiones. Pobre de espíritu es aquella persona austera por lo
que respecta a equipaje mental. Pobre de espíritu es aquella persona verdaderamente pobre de ego.
Su mirada no se aposenta en el mundo fenoménico, y por eso mismo, le cabe la
posibilidad de una trascendencia espiritual (“mi Reino no es de este mundo”)
Viene a suceder lo mismo con los “mansos”, y con los que trabajan por la paz, es decir, con
quienes no se identifican con los mecanismos de deseo-aversión, con quienes
consiguen encontrar ese centro de gravedad permanente que les protege de las
arremetidas tempestuosas de los agregados psicológicos. Y con los que lloran,
porque se aperciben justo en el zenit de su sufrimiento y de su dolor emocional de la trampa monstruosa que depara una vida vivida desde una
concepción puramente egoica. Y con los que están limpios de corazón,
absolutamente desidentificados con todos esos agregados psicológicos que son tóxicos. Y con los que tienen hambre y sed de justicia y con los misericordiosos (los primeros por ese anhelo sentido y genuino, por esa búsqueda hacia el reino del despertar y de la consciencia, los otros porque sin un espíritu compasivo, entendiendo todo, absolutamente todo lo emanado en este mundo como expresión vinculante y sagrada de un Creador, digo, sin la comprensión compasiva y misericordiosa de esa indisoluble vinculación, no es posible entonces la entrada al "Reino")
En resumen, a las Bienaventuranzas, vistas siempre
como una de las piezas maestras del mensaje de Jesús, si les aplicamos una visión
de ellas esotérica, es decir, dejando aparte interpretaciones literales,
sesgadas o lineales, son una declaración clara e inequívoca de preceptos para despertar
conciencia y morir, por tanto, psicológicamente. Ahí es nada.
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